Ganar-ganar

La capacitación tecnológica, una disciplina desarrollada en el contexto de la formación profesional, busca colaborar en la incorporación y suma de competencias que le permitan a los futuros técnicos afrontar con mayores posibilidades un mundo cada vez más complejo, donde la acción y el conocimiento resultarán ser complementarios y concurrentes, un universo donde el gran desarrollo de las especialidades exigirá integrarlas con una visión global, recuperando una estrategia tanto de lo cotidiano, como de lo aplicable en las áreas tecnológicas.

Todo ello implica, desde mi modesto punto de vista, afrontar un impulso cualitativo en lo cultural, marcado por la interrelación de la “cultura tecnológica” en la “cultura general”, lo cual permitirá comprender mejor el mundo que habitamos y, lo que resulta más importante, poder ofrecer respuestas y beneficios a la totalidad de los actores sociales.

Analicemos un ejemplo práctico sobre esta línea de pensamiento. La Consejería de Vivienda de Galicia, España, ha reglamentado la obligatoriedad para que las nuevas viviendas instalen sistemas que reciclen el agua de lluvia. De este modo, y aplicando por obra un presupuesto de 2.000 euros (una parte de los cuales el mismo Estado subvenciona), es posible ahorrar hasta un 50% del agua potable.

De más está remarcar el notable aporte que esta acción implica para la sociedad, en este caso de Galicia, al desarrollarse este programa del tipo “ganar-ganar”. El Estado se beneficia, porque respeta y cumple sus funciones al velar por el cuidado de un recurso tan vital como lo es el agua potable; los usuarios ven reducido el importe económico de su consumo en casi la mitad; las empresas, técnicos y proveedores de esta tecnología obtienen utilidades, puesto que se abastecen de una notable fuente de trabajo; y por último, pero no por ello no menos importante, nuestro planeta suma un rédito esencial, ya que la sequía y la escasez de agua representan algunos de los problemas ambientales más acuciantes.

Pensemos cuántas soluciones aportaría este sistema aplicado en aquellas ciudades (como nuestra Buenos Aires), donde las precipitaciones pluviales se convierten en ciertos sectores en una verdadera trampa que anega calles y viviendas, inunda comercios (con la consecuente pérdida de mercaderías y daño económico), interrumpe el tráfico vehicular, sin mencionar el peligro latente de la electrocución para los transeúntes y otras desgracias.

Dado que hemos reducido en esas urbes la superficie absorbente de los suelos, sería sumamente oportuno que cada nueva unidad construida (vivienda, comercio, oficina, etc., etc.), pudiera captar el agua de lluvia y almacenarla en tanques para luego reutilizarla, en lugar de volcarla a una red colapsada que, al desbordar, acarrea como drástica consecuencia los problemas antes enunciados.

Las actuales leyes al respecto resultan insuficientes y la laxitud de su cumplimiento las vuelve ineficientes. Sin embargo, de cumplirse, el aporte de cada unidad no será menor si consideramos que, con precipitaciones pluviales de 30 litros/m2 y una superficie de recolección de 150 m2, se puede obtener una reserva de 4.500 litros de agua. Sumados, conformarán millones de litros que el Estado argentino ya no se ocupará de potabilizar y que serán empleados en la descarga de inodoros, la limpieza de veredas, el riego, entre muchísimos otros usos para los que actualmente empleamos agua potable.

Un lujo que por solidaridad (con nuestros hermanos que no cuentan con ella y con la salud medioambiental del planeta) ya no nos debemos dar. La técnica para aplicar estos sistemas se encuentra disponible. En muchos puntos del globo reutilizan el agua de lluvia desde hace varios años. Sólo resta a los profesionales, técnicos, empresas, y a la sociedad toda, que asimilemos estos conceptos, exitosos en el mundo, y los dispongamos conforme a nuestras necesidades.

Ganar-ganar es la consigna…

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista Sepa Cómo INSTALAR

 

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