El espacio que habitamos

En los últimos diez años presenciamos la consolidación de la plataforma digital como espacio donde mediamos nuestras acciones diarias. Las corporaciones que reconfiguraron el modo de consumir y prestar servicios, compañías como Airbnb a nivel global eliminaron  la brecha entre el propietario y el inquilino. Servicios nacionales como Zonaprop que aglutinan la oferta inmobiliaria y acercan al posible inquilino o comprador a un mercado completo al que antes solo podía accederse mediante distintas inmobiliarias en un trabajo lento y fragmentario de búsqueda.

En la actualidad, la brecha entre lo que queremos comprar y el tiempo que nos toma elegirlo y obtenerlo parece hacerse más y más fina. Decisiones que antes significaban un arduo planeamiento, hoy no implican más que unos segundos (alquilar un auto en cualquier ciudad, decidir en el día a qué hotel ir, en qué restaurante comer, trasladarse, etc.). Aplicaciones como Google maps o Waze redefinen nuestra forma de relacionarnos con el territorio.

El paradigma digital alcanzó tal nivel de credibilidad que ya no nos subimos a nuestro automóvil sin antes consultar con la aplicación cuál será el mejor camino. La transformación alcanzó su madurez y así como sucede en todos los ámbitos del mercado, estas acciones se reproducen en el rubro de la construcción, la venta y la planificación de viviendas.

Proyección a futuro

Sería interesante realizar un estudio transdisciplinario el cual permita apreciar nuestro objeto de estudio -la arquitectura- desde disímiles perspectivas. Pensar en sus puntos fuertes, habilitantes de una proyección a futuro y responsables de incrementar nuestra calidad de vida. Imaginar los espacios que habitamos es pensar en nuestra cultura, en el sentido antropológico del término, nuestros hábitos, ideas, necesidades. Es hablar, en buena medida, de nuestra mente y su proyección sobre la realidad.

No me cabe ninguna duda que la ciencia de la psicología puede (y debe) jugar un rol en todo proyecto arquitectónico. El arquitecto y/o diseñador será quien delimitará los diversos ambientes capaces de influir en los estados de ánimo de quienes ocupen dichos espacios, sin importar el destino de los mismos (usos privados, públicos o institucionales). Muchas veces se diseña sin tomar en consideración las “emociones”, “las características de personalidad”, “el tipo de cultura de origen” etc., de quienes ocuparán los espacios proyectados.

Aquí es donde podría cometerse el primer error…

Todo buen arquitecto, antes de comenzar cualquier proyecto, debe conversar detenidamente con los futuros moradores e intentar explorar sus expectativas, ahondando y prestándole especial atención a sus emociones. Así como es cierto que toda obra arquitectónica permite inferir los sentimientos que embargaban al autor en el momento de su creación, del mismo modo, resulta necesario que el proyecto definitivo de una obra permita reflejar la personalidad de los futuros ocupantes de la misma. Es decir, que ellos sientan que ese espacio es parte de ellos mismos.

¿Por qué razón?

Porque son ellos -y no el arquitecto- los que pasarán una parte importante de sus vidas en ese espacio…

 

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista Sepa Cómo INSTALAR

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