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Recientemente, tuve el gusto de acceder a la lectura de un interesante libro titulado “Interrogar a la tecnología”, cuyo autor es Gustavo Giuliano. Este texto aporta una original mirada acerca de las diferentes instancias de aplicación de la ingeniería en el actual contexto. Giuliano destaca en su libro a Rachel Laudan, quien identifica cuatro fuentes internas de generación de nuevos problemas técnicos: Fallas funcionales de tecnologías en uso, extrapolaciones de tecnologías exitosas conocidas a nuevos casos, desbalances entre tecnologías interrelacionadas y fallas potenciales de tecnologías actuales.

A estas él agrega cuatro más: La percepción de nuevas posibilidades tecnológicas, la propia lógica interna del desarrollo tecnológico, las particularidades internas del diseño y la necesidad de reducir la incertidumbre acerca de los resultados obtenidos. Pero también es cierto que para poder resolver las cuestiones creadas por alguna de dichas causas, los profesionales aplican distintos conocimientos que ayudan al diseño basados en orígenes de diversa extracción, muchos provenientes de la ciencia y otros desarrollados específicamente, algunos claramente distinguibles, otros no. Independientemente de su origen, todos estos conocimientos comparten el hecho de que son de utilidad para la solución de problemas prácticos concretos. Para definirlos, vale realizar una categorización en función del tipo de conocimiento que se aplica:

Conceptos fundamentales de diseño: Son los conocimientos que se aprenden durante el período de formación y definen los principios básicos de operación y las configuraciones típicas de los dispositivos y sistemas. Muchos de ellos se aprenden “por ósmosis” a lo largo de la carrera y no están fundados en conocimiento científico alguno.

Criterios y especificaciones: Es el conocimiento que permite pasar de las ideas generales a los planos técnicos concretos. Determinan la forma, el tamaño, los requisitos a cumplir, etc. El conocimiento de dichas condiciones, a diferencia de la ciencia que no permanece rígidamente delimitada, resulta fundamental para poder concretar el diseño.

Herramientas teóricas: Abarcan un amplio espectro desde las teorías físicas hasta los procedimientos y ecuaciones matemáticas abstractas. El espectro incluye también a las teorías fenomenológicas empíricas matemáticamente estructuradas que, sin brindar información sobre la esencia, son muy útiles para el diseño.

Datos cuantitativos: Tanto los criterios como las fórmulas matemáticas necesitan ser alimentados con datos de entrada. Estos valores son generalmente obtenidos por métodos empíricos de ensayo y se encuentran expresados en tablas y gráficos. Su conocimiento es indispensable para el diseño, y pueden ser de naturaleza descriptiva o prescriptiva.

Consideraciones prácticas: Las herramientas teóricas alimentadas por datos cuantitativos suelen no ser suficientes por sí solas, siendo necesario recurrir además a un conocimiento tácito, de difusa demarcación y difícil de definir, brindado por la experiencia práctica.

Procedimientos de diseño: Todos los conocimientos formulados se enmarcan en uno más general, responsable de guiar respecto de cómo los mismos se deben aplicar, cómo se combinan todos los pasos necesarios para llevar adelante el complejo proceso de diseño. En el desarrollo de este procedimiento se pone de manifiesto un “estilo de pensar” propio del profesional y “mañas” o comportamientos “instintivos” adquiridos por el oficio.

Bienvenidos sean los textos que nos permiten reflexionar sobre los temas descriptos, los cuales resultan ser relevantes para la generación de conocimientos, a fin de aplicarlos en una sociedad demandante de acciones concretas.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Sepa Cómo Instalarjunio 17, 2020
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Uno de los puntos más complejos de abordar dentro de la industria de las instalaciones es el de la gestión de calidad. Los preconceptos que manejan los diferentes actores de esta industria habían generado la idea de que resultaba poco probable establecer un sistema de trabajo sistematizado y estandarizado en las obras. Sin embargo, un grupo de jóvenes profesionales ha tomado, desde hace unos años, la iniciativa de generar conciencia de que realmente es posible, y que el resultado de trabajar con calidad es ampliamente positivo.

Días pasados me encontré con un artículo del Arq. Ruy Varalla publicado hace algunos años en la Revista Costos del Paraguay, donde se destaca la necesidad de brindar confianza. Para ello, el autor hace uso de ciertos conceptos del Arq. García Meseguer que resultan ilustrativos de algunos aspectos que caracterizan a nuestra industria de las instalaciones y sobre los que es necesario reflexionar. Dice Meseguer: “…el grado de precisión con que se trabaja en la construcción es, en general, mucho menor que en otras industrias… La consecuencia es que en la construcción el sistema es por demás flexible, y confiados en dicha flexibilidad, se aceptan compromisos de difícil cumplimiento que provocan siempre una disminución de la calidad. En la construcción se dice no menos veces de las necesarias.”

Lo cierto es que se detectan características muy peculiares que tornan a la materialización de las instalaciones una actividad sumamente compleja, que requiere de grandes dosis de eficiencia en la gestión empresarial para poder alcanzar productos finales acordes con las necesidades de nuestros comitentes y las expectativas comerciales que sobre el producto tienen nuestros empresarios.

Expresa el Arq. Ruy Varalla en su nota: “…Confiados en las particulares características de la industria, nuestras empresas de construcción, en lugar de aplicar y afianzar conceptos gerenciales capaces de asegurar la obtención de las metas deseadas, han preferido aplicar un manejo empresarial basado en la “intuición y el coraje”. Ya de por sí, en cualquier actividad, estos componentes no son suficientes como reaseguro de la calidad empresarial. Agreguemos las peculiaridades propias de la construcción y veremos que el logro de resultados acordes con las expectativas deseadas es “puro milagro”, como decía un amigo. Sólo el milagro nos puede salvar de “no haber dicho no” en el momento preciso. Y si es puro milagro, ¿cuál es la confianza que les podemos brindar a nuestros clientes sobre el producto final que les entregamos? Hemos intentado “delegar” al transferir la responsabilidad que, sobre el producto y la producción tenemos, entregándosela a operarios “por producción”.

El criterio que se ha seguido encuentra su razón de ser en que “con un buen capataz y una administración organizadita nomás, ya está” (expresiones de un “empresario” de la construcción en una conversación de la que fuimos testigos), lo que llamativamente va de la mano con expresiones de algunos profesionales, arquitectos o ingenieros, a quienes hemos oído decir: “La obra es el reflejo del capataz, si el capataz es ordenado, la obra es ordenada”. Ante esto nos preguntamos: ¿Cuál es la función que los profesionales tenemos dentro de la industria? ¿De qué manera podremos brindarles confianza a nuestros comitentes, si nosotros nos desligamos de las responsabilidades que implica el gerenciamiento de la producción y el manejo de la calidad del producto?…”

Ya es hora de utilizar sistemáticamente las herramientas de la gestión técnica, las cuales servirán para aportarles conocimientos a nuestros Instaladores, permitiéndonos delegar con eficacia, sabiendo concretamente qué es lo que delegamos, a quién le delegamos y para qué delegamos.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Se ha puesto a pensar cuáles son los valores que orientan su profesión. ¿Ha listado alguna vez esos preceptos? Hagámoslo juntos.

Primero el Compromiso, vale decir la obligación o responsabilidad adquirida basada en un acuerdo de partes. Se espera que el profesional Instalador sea comprometido, es decir, que sus actividades para con el comitente -y la sociedad toda- sean siempre dirigidas a la búsqueda del bienestar general.

Seguimos con la Confiabilidad, que es la capacidad de responder de manera satisfactoria a las responsabilidades emergentes de un rol. Se pide al profesional que sea cuidadoso en sus actividades, en su toma de decisiones, en sus opiniones, así como en la administración de los recursos para que resuelva las necesidades del usuario de manera satisfactoria. Para que ello sea posible, resulta imprescindible que el mismo cuente con una previa capacidad de resolución del problema, evitando improvisaciones y minimizando los riesgos de error.

La Congruencia es la correspondencia armónica entre la idea y el acto. Se espera de un profesional Instalador que actúe en forma congruente y coherente, vale decir, que las ideas conceptuales formadas para la realización de su trabajo se vean plasmadas en la obra de manera clara y precisa.

Discreción. Un punto crucial basado en la sensatez y profesionalismo al recibir o brindar información. Es obligación del profesional Instalador actuante mostrar el dominio sobre la totalidad de la información intercambiada entre él y su comitente, así como hacer empleo de ella de manera adecuada y sensata, comprendiendo las peticiones del cliente y orientándolas de manera que resuelvan técnicamente el trabajo en forma satisfactoria.

Finalizamos con la Honestidad, que es la capacidad de obrar basándose en la verdad. El profesional Instalador debe actuar siempre respetando lo acordado y jamás ocultar ningún acto fuera de la vista de los que se puedan ver afectados posteriormente. Es importante que el profesional  oriente a su cliente de manera adecuada, reconociendo sus propias limitaciones o aquellas que pudiesen afectar, en algún punto, su trabajo.

Seguramente, Usted que trabaja y ama esta profesión hace uso diario de estos valores. Pero cabe la mención de los mismos para recordarlos y tenerlos al alcance de la mano. En este site seguramente encontrará plasmados muchos de estos conceptos en sus diferentes informes. Y hallará un valor más. El de la Lealtad. La vinculación entre individuos basados en su mutua confianza. Confianza que agradecemos, respetamos y valoramos. La misma que orienta todos nuestros esfuerzos para superarnos día a día y poder así brindar la mejor información, a la altura de sus expectativas. 

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Para los norteamericanos “Time is Money”. Es verdad, el tiempo es dinero. Las divisas se esfuman casi tan rápido como se consume una jornada de trabajo, si el profesional descuida los patrones encargados de mensurar la duración de una obra. Alguna vez reflexionamos acerca de las dos -cruciales- preguntas que cualquier comitente (no importa el tamaño del emprendimiento que nos confía, ni el de su billetera), siempre reclama conocer de antemano: ¿cuál será el precio de la obra y cuál su plazo de ejecución? En verdad, la razón de sus desvelos son dos: Dinero y tiempo, variables que evidentemente van de la mano.

Por ello se torna importantísimo no desestimar el enorme valor que representan los diagramas de Gantt en una obra. Veamos, por definición el tiempo se entiende como “la magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos sujetos a cambio, de los sistemas sometidos a observación, esto es, el período que transcurre entre el estado del sistema cuando éste aparentaba un estado X y el instante en el que X registra una variación perceptible para un observador (o aparato de medida). Es la magnitud que permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y da lugar al principio de causalidad, uno de los axiomas del método científico. El tiempo ha sido frecuentemente concebido como un flujo sucesivo de situaciones atomizadas en la realidad”.

Esta contundente conceptualización del tiempo no es casual. En todos los casos se refiere a instancias definidas (“ordenar los procesos en una secuencia”, “magnitud de la duración de un suceso”, etc.).

Entendemos entonces que la confección de un minucioso y detallado Listado de Tareas de la obra en cuestión va a adquirir una notable relevancia en el momento en que la planificación deba llevarse a cabo (por supuesto, en el proceso de documentación técnica del proyecto). La etapa de programación va a incorporar a dicho listado los tiempos estimados en función de los recursos empleados y la tecnología adoptada para la realización de cada una de las tareas enumeradas. De esta forma, estamos en condiciones de comprender cómo se desarrollará el proceso constructivo, evitando improvisaciones y “atajos”, los cuales pocas veces, conducen a un final feliz (patológicamente hablando).

Así, cuando nuestro comitente nos demanda estas dos respuestas -estimativas en una primera  instancia- deja en claro que necesita saber si tenemos conciencia técnica de la instalación que vamos a materializar para él. En pocas palabras: Sólo es posible cuantificar económica y temporalmente aquello que sabemos perfectamente cómo se realiza. Todas estas angustias se resuelven (por parte del profesional a cargo del proyecto y del comitente que asume la responsabilidad de su pago) en una sigla: CTC (Carpeta Técnica Completa). Allí, en la suma perfecta de planos, pliegos, detalles, estudios, análisis, etc. se encuentra la respuesta correcta para comprometernos sin dudas ante una cifra en dólares y un plazo en meses. Aplicar el “sistema de los dígitos oscilantes” -el famoso “más o menos”-, conllevará a un seguro desprestigio profesional y un proceso problemático para el desarrollo de la obra.

Imagínese por un momento que Ud. no es Arquitecto, Ingeniero o Maestro Mayor de Obras. Piense ahora que su matrícula lo habilita para pilotear un enorme avión jet. Imagine que, ya al control de la nave, con cientos de pasajeros expectantes y una tripulación a la espera de sus órdenes, Ud. nota que carece de plan de vuelo, de informes meteorológicos y de un check list de revisión del instrumental del avión. ¿Sería capaz de remontar vuelo y llegar a destino en tiempo y forma? Seguramente -si es consiente, ya que hay varios pilotos que no lo son- pensará que no, que es imposible sin esa información llegar a destino en las condiciones esperadas. Entonces ¿por qué suponemos que sin planos de detalles, estudios de suelos, análisis de costos, pliegos de especificaciones técnicas, etc. podremos conducir la nave-obra a un destino de felicidad para los pasajeros-comitentes y, al mismo tiempo, dejar satisfecho a nuestro personal de abordo -obreros- sobre el trabajo realizado?

Una pregunta la cual, muchas veces, espera su respuesta.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Al concluir una instalación nos preguntamos si ella responde a las metas propuestas en el proyecto y con posterioridad a la documentación para la ejecución de la misma. Es decir, nuestro trabajo, ¿conformó lo previsto? Para ello, debemos ejercer un control de calidad tal que garantice el cabal cumplimiento de las exigencias y necesidades del usuario.

Independientemente de esta afirmación, existen mínimos de calidad reglamentados por las normas y que son de aplicación obligatoria. Ahora bien, podemos definir el concepto de “calidad” diciendo que: “es la propiedad o conjunto de propiedades que hacen que una cosa se destaque y aprecie de una manera más atenta en relación con las demás de su misma especie”. Entonces, para poder determinar la calidad, necesariamente, tenemos que contar con un modelo o parámetro que nos sirva de guía para evaluar y definir el grado de calidad de un sistema sanitario.

Lo previsto y lo propuesto permanece acotado en el proyecto, y con posterioridad, se verifica mediante la ejecución de la red. No debemos pasar por alto que, una calidad máxima depende, en algunos casos, de un usuario dispuesto a pagarla, ya que se podría considerar un desperdicio el esfuerzo en alcanzar tal calidad, cuando es poco probable la valoración y aceptación de la misma.

De esta expresión, surge la necesidad de aclarar que la calidad final de una instalación permanece sujeta además, por el buen empleo de la mano de obra, de los productos proporcionados para tal fin y que se adaptan a las necesidades del usuario. Sin esta consideración, no podemos manejar el concepto de calidad más allá de las exigencias normativas.

Igualando o superando lo previsto habremos conseguido una calidad razonable, no distante de la óptima. Por todo lo expuesto, el control de calidad resulta ser un factor fundamental, que surge de la necesidad de obtener una mayor perdurabilidad de las instalaciones y permitir o mejorar las condiciones de habitabilidad y confort, que no siempre requieren inversiones mayores. Para que dicho control sea efectivo, y a su vez, ejecutado convenientemente por los profesionales responsables de la obra, resulta imprescindible la presencia de los mismos en los momentos claves.

La construcción es una industria que se ejerce a “pedido”, a diferencia de las demás, dedicadas a la automatización, electrónica, etc., ésta genera un número elevado de prototipos, todos dispares en imagen pero, generalmente materializados de igual manera. Por esta razón, el análisis de las pautas a seguir para el control de calidad atraviesa diferentes etapas que van desde el encargo propiamente dicho, el proyecto, el proceso de ejecución, hasta la obra terminada. También, debemos incluir en este análisis el efectivo control a realizar en los distintos materiales y elementos intervinientes en la obra.

Reflexionemos ahora respecto del accesible panorama que nos brindan los sistemas termo-hidrosanitarios, toda vez que simplifican y acotan los controles de calidad, dada la repetitividad de ciertas tareas que minimizan la posibilidad de errores de ejecución, tan comunes en las instalaciones tradicionales, más acostumbradas a “improvisar” soluciones en el acto.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Sepa Cómo Instalarabril 27, 2020
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La capacitación tecnológica, una disciplina desarrollada en el contexto de la formación profesional, busca colaborar en la incorporación y suma de competencias que le permitan a los futuros técnicos afrontar con mayores posibilidades un mundo cada vez más complejo, donde la acción y el conocimiento resultarán ser complementarios y concurrentes, un universo donde el gran desarrollo de las especialidades exigirá integrarlas con una visión global, recuperando una estrategia tanto de lo cotidiano, como de lo aplicable en las áreas tecnológicas.

Todo ello implica, desde mi modesto punto de vista, afrontar un impulso cualitativo en lo cultural, marcado por la interrelación de la “cultura tecnológica” en la “cultura general”, lo cual permitirá comprender mejor el mundo que habitamos y, lo que resulta más importante, poder ofrecer respuestas y beneficios a la totalidad de los actores sociales.

Analicemos un ejemplo práctico sobre esta línea de pensamiento. La Consejería de Vivienda de Galicia, España, ha reglamentado la obligatoriedad para que las nuevas viviendas instalen sistemas que reciclen el agua de lluvia. De este modo, y aplicando por obra un presupuesto de 2.000 euros (una parte de los cuales el mismo Estado subvenciona), es posible ahorrar hasta un 50% del agua potable.

De más está remarcar el notable aporte que esta acción implica para la sociedad, en este caso de Galicia, al desarrollarse este programa del tipo “ganar-ganar”. El Estado se beneficia, porque respeta y cumple sus funciones al velar por el cuidado de un recurso tan vital como lo es el agua potable; los usuarios ven reducido el importe económico de su consumo en casi la mitad; las empresas, técnicos y proveedores de esta tecnología obtienen utilidades, puesto que se abastecen de una notable fuente de trabajo; y por último, pero no por ello no menos importante, nuestro planeta suma un rédito esencial, ya que la sequía y la escasez de agua representan algunos de los problemas ambientales más acuciantes.

Pensemos cuántas soluciones aportaría este sistema aplicado en aquellas ciudades (como nuestra Buenos Aires), donde las precipitaciones pluviales se convierten en ciertos sectores en una verdadera trampa que anega calles y viviendas, inunda comercios (con la consecuente pérdida de mercaderías y daño económico), interrumpe el tráfico vehicular, sin mencionar el peligro latente de la electrocución para los transeúntes y otras desgracias.

Dado que hemos reducido en esas urbes la superficie absorbente de los suelos, sería sumamente oportuno que cada nueva unidad construida (vivienda, comercio, oficina, etc., etc.), pudiera captar el agua de lluvia y almacenarla en tanques para luego reutilizarla, en lugar de volcarla a una red colapsada que, al desbordar, acarrea como drástica consecuencia los problemas antes enunciados.

Las actuales leyes al respecto resultan insuficientes y la laxitud de su cumplimiento las vuelve ineficientes. Sin embargo, de cumplirse, el aporte de cada unidad no será menor si consideramos que, con precipitaciones pluviales de 30 litros/m2 y una superficie de recolección de 150 m2, se puede obtener una reserva de 4.500 litros de agua. Sumados, conformarán millones de litros que el Estado argentino ya no se ocupará de potabilizar y que serán empleados en la descarga de inodoros, la limpieza de veredas, el riego, entre muchísimos otros usos para los que actualmente empleamos agua potable.

Un lujo que por solidaridad (con nuestros hermanos que no cuentan con ella y con la salud medioambiental del planeta) ya no nos debemos dar. La técnica para aplicar estos sistemas se encuentra disponible. En muchos puntos del globo reutilizan el agua de lluvia desde hace varios años. Sólo resta a los profesionales, técnicos, empresas, y a la sociedad toda, que asimilemos estos conceptos, exitosos en el mundo, y los dispongamos conforme a nuestras necesidades.

Ganar-ganar es la consigna…

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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Sepa Cómo Instalarabril 13, 2020
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Por: Arq. Gustavo Di Costa

La sociedad observa con asombro como la actual Pandemia por COVID19 crea hospitales en pocas semanas y desarrolla salas de asistencia sanitaria en plazos increíbles. Asistimos con ciertos niveles de incredulidad a la proliferación de una arquitectura para la salud la cual, al ritmo de las necesidades que la emergencia impiadosamente dicta, brinda satisfactorias respuestas en términos de Calidad, Precio y Tiempo.

Ello es factible dado que la Industrialización de la Construcción emplea absolutamente todos los métodos aplicados por la industria para lograr economías de mano de obra, aumento de la productividad, reducción de los costos de construcción, disminución de los plazos, y al mismo tiempo, una mayor calidad y constancia de la misma. Por todo ello, vale la pena aclarar los términos “Industrialización de la Construcción”, respecto al de “Construcción Industrializada”. El primero de ellos corresponde al PROCESO mientras que el segundo corresponde al RESULTADO.

La Industrialización, no es en sí misma la solución, es el camino para resolver un problema determinado a partir de un camino extenso, pero cada día mejor definido. La citada emergencia sanitaria no hace más que adelantar los plazos de aplicación de las soluciones, hasta hace pocas semanas,  en estudio. Ante este exigente contexto, somos los Arquitectos quienes debemos hallar las soluciones propias examinando, con la mayor atención posible, las innovaciones tecnológicas desarrolladas en cada región de nuestro territorio.

Muchos países en etapa de desarrollo, se encuentran en la actualidad planificando seriamente sus intentos preliminares encaminados hacia una gradual industrialización de sus métodos constructivos. Esa actitud sólo adquiere importancia y arraigo cuando la comprensión técnica va acoplada a un punto de vista inteligente en las aspiraciones y necesidades de la sociedad.

Un sistema constructivo industrializado debe responder a las exigencias humanas del momento, como lo hacen los productos industriales. En este caso, el cliente o promotor es quien después de analizar el mercado desde un punto de vista eminentemente económico, dicta el programa con las exigencias comerciales para ser interpretado por el equipo proyectista.

En ese contexto, antes de lanzar cualquier producto, llevará a cabo un pormenorizado relevamiento a fin de captar cuáles son las apetencias o deseos del futuro usuario de manera abstracta y objetiva para luego ofertar. Así pues, un sistema constructivo industrializado brindará como resultado un producto el cual deberá satisfacer ampliamente las exigencias de la sociedad en cuanto a condiciones de habitabilidad.

Entre sus múltiples ventajas, el empleo de los sistemas constructivos industrializados, por la repetitividad de tareas y especialización, reduce notablemente el tiempo de aprendizaje de los obreros, si se lo compara con los oficiales de la construcción “húmeda”.

El desafiante escenario nos motivó a desarrollar en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Argentina de la Empresa (FADI/UADE) una propuesta para la creación de un Módulo Sanitario Industrializado (MSI) tendiente a verificar los conceptos antedichos. Sus elementos componentes son dimensionados mediante una relación aditiva.

Los mismos permanecerán normalizados de forma que, entre otros aspectos, puedan garantizar una calidad final constante y un mantenimiento preventivo y correctivo mínimo, ya que su ambición se basa en multiplicarse en aquellos sectores de bajos recursos asistidos por organizaciones sin fines de lucro que llevan a cabo actividades sociales en los mencionados sectores.

Si tenemos en cuenta que una empresa productora de automóviles es capaz de lanzar al mercado una unidad cada 2,5 minutos, entonces concluiremos que un sistema constructivo industrializado deberá participar en todas las etapas de la materialización respecto de dos características fundamentales: Programación y producción en cadena, admitiéndose un sistemático control de calidad. La repetición del proceso facilita la adopción de controles, los cuales pueden ser realizados de manera rápida y sencilla.

Este conjunto de definiciones e ideas poseen una filosofía en común: Mano de obra no especializada, simplificación, rápido montaje, alto grado de trabajo en serie y eficiencia.

Todo esto es, sin dudas, la construcción industrializada. Y mucho más…

 


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El hombre, en su afán por mejorar su calidad de vida, ha modificado en forma paulatina y definitiva su relación con el medio ambiente que lo rodea y contiene, transformando la realidad en respuestas a sus necesidades y expectativas inmediatas creando, de esta manera, un ambiente de carácter “artificial”, el cual con justeza podemos definir como “mundo artificial”. Por supuesto, las construcciones forman una parte vital de este mundo, abarcando las razones del habitar. Pero este “mundo artificial”, que de hecho se opone al “mundo natural”, abarca no sólo a las obras creadas por el hombre, sino también, a la totalidad del conjunto de objetos, sistemas, dispositivos, procesos, etc.

En los últimos 200 años la velocidad de crecimiento de ese mundo artificial, y el ritmo innovador que ha caracterizado a su particular desarrollo, han provocado que el mismo adquiriera un nivel tal de complejidad que actualmente, en algunos aspectos, resulta sólo equiparable en importancia con el mundo natural, pero dejando asentado que la conservación de este último debe conformar un tema prioritario, puesto que de él depende la supervivencia de la especie humana.

Todo lo expresado hasta aquí nos plantea la necesidad de entender y concebir a la realidad con una nueva óptica, teniendo en cuenta que si bien la relación entre el hombre y su entorno natural, constituye un tema que merece nuestra más absoluta atención, sólo se arribará a objetivos sustentables si se maximizan los cambios en el mundo artificial, capaces de predecir el futuro armónico del hombre con su medio ambiente.

Cabe aquí formalizar una definición de medio ambiente, como el marco animado o inanimado en el cual se desarrolla la vida de un organismo. Son los factores y condiciones exteriores los que rodean e influyen la vida y actividades de dicho organismo. De más está decir que entendemos a esos organismos como los seres humanos, y a las construcciones que los cobijan, como el marco artificial que dinamiza su vida.

Vale definir otro concepto común a las obras arquitectónicas: “impacto ambiental”. A priori parecería que dicho impacto provocado por la aparición en un medio físico de una nueva construcción, va a modificar en forma negativa ese medio. Este es un concepto erróneo. Desde siempre, los hombres han modificado su medio ambiente, pero sólo las malas decisiones en este aspecto han provocado preocupantes características en cuanto a la contaminación del agua y del aire, por mencionar sólo dos aspectos del entorno natural.

“La tarea más importante de hoy en día, resulta tal vez, aprender a pensar de una nueva manera”. Estas palabras de G. Bateson merecen un profundo análisis, dado que entiendo que detrás de las mismas subyace un concepto clave: el de la solidaridad.

Vale preguntarnos entonces respecto del grado de responsabilidad que nos cabe dentro de esta problemática, como profesionales que resguardamos recursos naturales vitales. No olvidemos que heredamos dichos recursos, y que los mismos, conformarán nuestro legado para las futuras generaciones.

He allí el mejor ejemplo de solidaridad y apuesta a la continuidad de la vida del hombre.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista Sepa Cómo INSTALAR


Sepa Cómo Instalarmarzo 12, 2020
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En los últimos tiempos, la vivienda presenta las características de un problema permanente, creciente y dinámico y se ha convertido en uno de los temas de mayor preocupación por sus implicancias dentro del orden social y económico. El país afronta una “necesidad crítica de vivienda”, fundamentalmente, en el sector de la población de menores recursos. Las necesidades acumuladas se expresan tanto en unidades que hacen falta construir anualmente cuanto a las requeridas para cubrir la reposición por “crecimiento vegetativo” más por “obsolescencia del parque habitacional”.

Dicha necesidad resulta de la sumatoria de la creciente tendencia a la concentración urbana de la población y del encarecimiento del costo de la construcción en relación con los niveles de ingresos. En tanto y en cuanto propongamos lo que haga falta hacer, en la forma y en el momento que convenga hacerlo, para que las cosas se comiencen a resolver, en esa medida, vamos a estar haciendo algo positivo. Por todo lo dicho anteriormente, me declaro enemigo, directamente del uso de la palabra DÉFICIT.

¿De qué nos sirve saber que faltan alrededor de 3.000.000 millones de viviendas, si todos sabemos que no las podemos hacer, que no vamos a brindarle una inmediata solución?

¿No sería mejor establecer que tenemos que construir 8, 9 o 10 viviendas por cada 1.000 habitantes/año (Tasa de Construcción)? Así, al cabo de un período de tiempo, si el crecimiento de la cantidad de viviendas ha sido superior al crecimiento de la población, más el enriquecimiento del inventario existente, la población estará decentemente alojada.

Son estas circunstancias tendientes a formalizar un cambio revolucionario en la producción de viviendas. Modificar esta situación, por su magnitud y alcance socio-económico, requiere la voluntad política expresada en recursos de inversión crecientes y sostenidos en el tiempo, en forma acorde al esfuerzo a realizar para eliminar las necesidades críticas acumuladas en el tiempo.

Proponer soluciones

Lo que pretende la “tecnología” en relación a la vivienda es: Proponer soluciones basadas en principios, normas y lineamientos sustentados en las experiencias anteriores analizadas, medidas estadísticamente y proyectadas a escenarios futuros verificables.

Quizás sea ocioso repetir cuál es el problema de la vivienda, sin embargo, es importante recordar la propuesta del Ing. Francisco Sainz Trápaga, cuando señalaba que “a diferencia de otros productos, en la vivienda está involucrado un fenómeno de necesidad. Plantear una solución tecnológica al problema de la vivienda, implica optimizar la relación usuario-vivienda, aplicando sistemáticamente, evaluando los resultados de planes, programas y proyectos llevado a cabo por el sector público y el privado, dentro del marco de uno o varios futuros posibles”.

Mejorar la calidad de vida del usuario es seguramente el centro de la función de una vivienda, lo cual significa conocer la estructura de sus requerimientos y su evolución en el tiempo. Este es un proceso sumamente dinámico, cuyas variaciones, motivaciones y estructuras requieren de un permanente estudio. Solamente una actualizada definición de las funciones a cumplir pueden dar base cierta al diseño de respuestas correctas.

Como decía el Ing. Raúl Humar: “El concepto de vivienda como respuesta a necesidades de los usuarios, debe cubrir un universo mayor respecto al definido tradicionalmente, en cuanto su provisión y funcionamiento. Permanecerán influidos por elementos tan extremos como la disponibilidad de recursos, el tiempo, la construcción, el mantenimiento y su relación con el ámbito urbano. El concepto de vivienda nos permite describir sus contenidos a través de la descripción de los productos que la componen y de su proceso tecnológico”.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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No es ajeno al mundo del trabajo, el importante rol que está jugando la construcción en el proceso económico de nuestro país. Distintos son los factores que concurren para que este crecimiento del PBI se produzca: la desconfianza en el sistema financiero, el aumento de la actividad económica, la fuerte baja en los rendimientos financieros internacionales a consecuencia de la alta liquidez que hace que las tasas sean negativas o neutras en torno del monto de la inversión que se trate, el encarecimiento de los costos de mantenimiento de las cuentas bancarias en el extranjero, la ausencia de otras alternativas financieras en el país que resulten más atractivas, etc.

El incremento en los niveles de producción ha traído aparejado un importante aumento en la construcción, y por ende, un notable incremento en la ocupación de mano de obra, no sólo respecto del propio sector, sino también, contemplando el efecto multiplicador de esta actividad sobre otras. Si bien dicho escenario resulta ser sumamente alentador en lo que hace a la ocupación de los trabajadores, existen otros datos que no resultan tan favorables como los de los accidentes de trabajo. La construcción es, sin ningún lugar a dudas, una de las actividades que mayor cantidad de accidentes de trabajo genera en relación al personal que desempeña tareas dentro de ella. No sólo sucede este fenómeno en la República Argentina sino que también se presenta en la mayoría de los países del mundo, sean estos industrializados o no, desarrollados o en vías de desarrollo, ricos o pobres.

En el caso de la Argentina, la accidentología se ve agravada por algunas características propias de la industria de la construcción, y en particular, toda vez que se deben considerar las responsabilidades que, en materia de higiene y seguridad, corresponden tanto al comitente como a los contratistas principales y/o subcontratistas.

Lamentablemente, es en los juicios laborales donde se observan las consecuencias de no asumir dichas responsabilidades, y son los jueces, en ausencias de contratos, los que fijan las sanciones, en forma simultánea, tanto para los contratistas como para los comitentes. Efectivamente, cabe recordar que de acuerdo con lo establecido en la normativa legal vigente, la responsabilidad de toda la problemática en materia de higiene y seguridad en el trabajo, recae en el Comitente o propietario de la obra (Art. 1º – Res. S.R.T. Nº 319/99). Dicha norma surge a raíz de algunos accidentes de trabajo ocurridos en grandes emprendimientos o desarrollos en donde no fue posible deslindar jurídicamente las mencionadas  responsabilidades. Ello fue así dado que, por primera vez, se nombran los términos Comitente y Contratista Principal en el año 1998 por medio de la Resolución S.R.T. Nº 35/98, haciéndolos responsables de elaborar un “Programa de Seguridad Único” para toda la obra.

Sin dudas, la accidentología en nuestra industria requiere la máxima atención de todos los profesionales involucrados.

 

Por el Arq. Gustavo Di Costa

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