Cómo, cuándo, quién y qué

Resulta absolutamente imposible manejar la marcha de una obra sin contar con una óptima planificación y programación de todas y cada una de las tareas. La etapa ejecutiva -eminentemente práctica- conforma un concatenamiento de diversas actividades, interconectadas e interdependientes (no sólo dentro de las instalaciones, sino además, interactuando con otros rubros: mampostería, revestimientos, hormigón, etc.), donde los fletes significan costos, así como también, los retrabajos y tiempos de espera.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista Sepa Cómo INSTALAR.

Si previamente a la mencionada etapa ejecutiva no se ha planificado y programado -cuándo, cómo, quién y qué-, ajustando los factores condicionantes a los objetivos demandados por cada obra en particular, no será posible tomar decisiones acertadas sobre cada paso que deba darse, por más visión de conjunto, intuición o experiencia que los trabajadores involucrados en el proceso muestren orgullosos como sus mejores credenciales.

Los imprescindibles recursos implícitos en la planificación y programación de una obra reclaman de sus involucrados que vistan los pantalones largos del conocimiento, el don de mando y el control de calidad específicos, sumados a una atenta, objetiva y permanente mirada que se enfrenta -con notable desventaja- a la natural inclinación por desarrollar una tarea sin aceptar las responsabilidades que le cabe a un rol. Es muy común escuchar en obra: “la cerámica quedó así”, “el caño de gas quedó así”, etc., como si se tratara de un castigo bíblico y no de un operario, con nombre y apellido, que no ejecutó con oficio esa tarea, junto a un profesional encargado de su control que permaneció ausente, o bien, desconocía las particularidades de ese detalle para alcanzar un óptimo resultado.

Muchos profesionales juegan a esquivar el iceberg en el último minuto, y si no lo logran sortear, entonces el plan ausente no podrá delatar que existió -por lo menos- una negligencia por parte del capitán. Planificar y programar la ejecución de una instalación implica destinar un notable esfuerzo (físico e intelectual), el cual en ocasiones, los profesionales no están dispuestos a afrontar. Dentro del glosario de excusas pueden mencionarse varias: “el cliente no lo quiere pagar”, “la mano de obra se siente atada”, “Yo planifico y programo… ¿y si después me llueve?”, excusas todas de un infantilismo lindante con el ridículo.

Los profesionales que confían ciegamente en el alto valor de adrenalina que aporta a su sistema nervioso una decisión improvisada impartida en la obra, prefieren obviar los valiosos recursos de la planificación y programación, los cuales entienden como “una pérdida de tiempo”. Este planteo, redundante en ignorancia y soberbia, es evitado muchas veces ya que si se elabora un plan debería ser para cumplirse ¿no?

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